Bernardino Serrano, nuestro eterno ‘Mino’, personifica una era del fútbol español que hoy parece lejana. Volvió a aparecer en la actualidad blanquiazul el pasado día 29 de enero, cuando la Fundación del club le felicitó por su 63º aniversario. Y, de repente, volvió a mi mente el “Mino, mátalo” que se cantaba en el Gol Sur del viejo estadio de Sarriá, y su contundencia, como cuando se encaró con los socios de la tribuna nueva cuando el Villarreal – entonces en 2ª B – nos eliminó de la Copa del Rey tras golearnos.
Este central asturiano aterrizó en el RCD Espanyol a finales de los años 80, consolidándose como un pilar fundamental de la defensa blanquiazul en una época de transición y barro. Su figura destacaba por un contraste casi insólito que fascinaba a la prensa y a la grada por igual: una educación exquisita fuera del campo y una dureza implacable una vez cruzaba la línea de cal.
En el antiguo Sarriá, el público no solo buscaba la victoria, sino que exigía un compromiso físico total. El fútbol de finales de los 80 e inicios de los 90 se caracterizaba por marcajes férreos y defensas que actuaban como guardianes infranqueables. Mino encajaba perfectamente en este molde de defensor duro que no hacía prisioneros.
Su contundencia caló hondo especialmente en el Gol Sur, donde se popularizó uno de los cánticos más recordados de la historia del coliseo perico, el ya citado «Mino, mátalo». Aquel grito, lejos de ser una incitación literal, era el reconocimiento de una afición que encontraba en su central la seguridad y la agresividad necesarias para defender el escudo ante cualquier rival.
Lo que hacía especial a Mino era su capacidad para cambiar de registro con una naturalidad asombrosa. Frente a los micrófonos, se mostraba como un futbolista culto, elocuente y analítico.
Sin embargo, esa diplomacia desaparecía por completo al sonar el silbato. Mino entendía que el área propia era territorio sagrado y la protegía con una contundencia física que hoy sería revisada constantemente por el VAR. Su paso por el Espanyol dejó la huella de un profesional impecable que supo traducir el sentimiento de la grada de Sarria en cada despeje y en cada choque, representando mejor que nadie la dualidad entre el caballero y el guerrero.


1 comentario
Miralo el ideólogo de Convivencia Cívica Catalana como defiende los gritos violentos de Brigadas.