A estas alturas de la temporada, con el equipo virtualmente salvado en posiciones europeas y mostrando un rendimiento muy por encima de lo esperado por plantilla y presupuesto, resulta evidente para cualquiera con un mínimo de sentido común en el entorno blanquiazul que ha llegado la hora de renovar a Manolo González y a su cuerpo técnico, y hacerlo con un proyecto sólido y de largo recorrido, no con parches anuales.
Lo que ha logrado el técnico gallego desde que tomó las riendas del primer equipo espanyolista ya lo ha colocado, sin discusión, en la historia del club con letras mayúsculas. Devolvió al equipo a la división de oro en uno de los momentos más complicados que se recuerdan, tras el errático paso de Ramis por el vestuario, y logró salvarlo la temporada pasada con una plantilla extremadamente justa para tan exigente misión.
Pero si algo resulta especialmente alentador es la sensación generalizada entre el pueblo periquito de que lo mejor aún está por llegar, siempre que se le proporcionen los mimbres necesarios. A medida que Manolo va acumulando partidos y experiencia en Primera división, su condición de entrenador no hace más que crecer. Y, por si fuera poco, se ha convertido en la voz del pueblo, en el principal —y casi único— portavoz de una afición huérfana de líderes visibles.
Manolo y los suyos se han ganado el derecho a ser valorados como merecen. Quienes solemos recorrer los campos de España tenemos, en no pocas ocasiones, la sensación de que está mejor valorado fuera que en su propia casa.
El club debería mover ficha cuanto antes y ofrecerle un contrato largo y estable. La continuidad y estabilidad en un vestuario es clave, especialmente para los jugadores, que con un entrenador asentado y de largo recorrido comprenden sin lugar a dudas quién es el verdadero e indiscutible líder de la manada.
Harían muy mal en demorarse demasiado. El trabajo de Manolo y su cuerpo técnico está siendo observado y valorado en todo el fútbol español, y es fácil que, más pronto que tarde, comiencen a llegar ofertas. No es ningún secreto que clubes como Rayo Vallecano, Osasuna o Real Sociedad ya tienen su nombre marcado en negrita en sus listas de futuribles.
Con todo, uno tiene la firme impresión de que Manolo ha nacido para hacer historia en el Espanyol y, a la vez, de que el Espanyol es el escenario ideal para que Manolo la haga. En Europa abundan los ejemplos de entrenadores longevos que marcaron una época en sus clubes: Sir Alex Ferguson en el Manchester United durante casi 27 años, Arsène Wenger al frente del Arsenal durante 22 temporadas o Diego Pablo Simeone, que suma ya más de trece años en el Atlético de Madrid.
Existen también casos menos conocidos, pero igualmente reveladores: Guy Roux, que dirigió al AJ Auxerre durante más de 43 años; Fred Everiss, al mando del West Bromwich Albion durante más de 45; Willie Maley, 42 años en el Celtic; o George Ramsay, que lideró al Aston Villa durante 41 temporadas. Fuera de Europa destaca el récord de Amadeu Teixeira, quien dirigió al América F.C de Brasil durante 53 años.
Es evidente que en el fútbol actual cifras como estas resultan prácticamente inalcanzables. Pero si hay alguien que se ha ganado a pulso la confianza de su club y de su afición, ese es Manolo González. Ha transformado, casi sin hacer ruido, un club en caída libre, con el estadio medio vacío, en una entidad viva, con un equipo comprometido, plagado de canteranos que sienten los colores, y una afición plenamente entregada a la causa común.
Desde luego, si yo fuese “Alan Pace” o Fran Garagarza no tardaría ni un segundo en renovar al entrenador blanquiazul, con una ficha acorde al presupuesto del club y en línea con la de técnicos de entidades similares. Ambos, más que nadie, le deben buena parte de la estabilidad personal y colectiva que hoy disfrutan. Sin los logros del míster, probablemente Garagarza ya no estaría en el RCDE y Pace no pasearía tan sonriente haciéndose selfies y gestos de felicidad entre la parroquia blanquiazul.
Robert Hernando
Escritor y ex -consejero del RCD Espanyol


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